miércoles, 26 de agosto de 2015

sábado, 15 de agosto de 2015

Titilar

Esos veranos de días tan largos le permitía comenzar a preparar la cena cuando aún los rayos de sol calentaban la estancia.
El bullicio se colaba por las persianas, en el constante ir y venir de los turistas.
Las temperaturas habían sido clementes esa semana, no superando nunca los veinticuatro grados de pico.
Lucy fue al mercado que estaba justo debajo de su casa. Compró cebollas, champiñones, vino blanco, pimienta molida, un diente de ajo, queso parmesano y un poco de arroz.
Siempre acudía al mismo puesto, los productos eran de primera calidad y el dueño amigo de toda la vida.
Apenas había cortado la primera cebolla por la mitad, cuando tocaron a la puerta. No tardó en reconocer a Thomas, el hijo del panadero, aunque la última vez que lo vio la misma mesa donde ahora preparaba la cena le llegaba a la altura de la nariz.
Ambos se sorprendieron por igual y después de las habituales preguntas de rutina y cortesía, ella le invitó a cenar.
El aceptó.
Lucy se había mudado recientemente a casa de su abuela y él había regresado al negocio familiar después de que su empresa cerrase hacía ya cinco años. Desde entonces, lejos de sentirse fracasado por aquello, tuvo la oportunidad de descubrir que su verdadera vocación estaba entre los hornos artesanales que habían pasado en su familia de generación a generación.
La velada transcurrió agradable y distendida. La abuela de Lucy también les acompañó.
Algo les distrajo de su conversación, el repentino sonido de un violín. Tocaban en la calle no muy lejos de allí, y los jóvenes decidieron salir a dar un paseo. Cruzaron el puente en dirección a la Galería.
Allí descubrieron a un violinista bien vestido, moviendo con delicadeza y armonía el arco. Delante suya, el estuche del violín, invitando a dejar alguna moneda por caridad.
Se quedaron un rato absortos, escuchando aquellas notas y observando la destreza con que tocaba el violinista.
En medio de aquel dulce sonido, un grupo de jóvenes habían abierto sus caballetes y dejado volar su imaginación. Trazos de azul cielo, mezclados con el amarillo intenso, como los campos de girasoles que alcanzaban allí su máximo esplendor en verano.
Otros optaban por abrir la paleta de colores en el verde ciprés, coloreados junto a unos viñedos.
Hubo uno que se atrevió con la mayor cúpula de mampostería del mundo.
A Lucy le hizo gracia este chico, por una parte porque a pesar de copiarse de un libro, el joven no paraba de alzar la mirada, como si desde allí abajo creyera descubrir algún detalle que la foto del libro hubiese pasado por alto. Y por otra parte, le dibujó una sonrisa en la cara pensar que ni el mismísimo Filippo Brunelleschi, podría ponerles una pega.
Avanzaron por la Galería, estaba muy iluminada, como de costumbre.
Y al rato decidieron coger un taxi para tomar una copa en el Piazzale Michelangelo.
Conversaciones, miradas, hablar, escuchar, sonrisas..... y un suave titilar como el de las luces del puente, a lo lejos.
Lo de ellos había sido un reencuentro fortuito.
Lo de la ciudad una grata compañía y un mismo telón de fondo, que una vez separó lo que ahora volvía a unir.
Aún siendo ambos conscientes de que habían transcurrido varias horas, apenas tuvieron noción de ello. Pero el reloj avanzaba y decidieron regresar a pie, total era cuesta abajo y la noche estaba fresca y agradable.
A diferencia de antes, cerca del puente ya no se escuchaban turistas, ni violinistas, ni pintores, artistas y vendedores ambulantes.  Sólo el claqueteo de los pasos de Lucy y Thomas, sobre los adoquines.
Y el eco de unas risas alegres y cómplices.

viernes, 14 de agosto de 2015

Aparentemente.


"La apariencia de las cosas
cambian según las emociones,
y así vemos la magia y la belleza
en ellos, mientras que la magia y belleza
están realmente dentro de nosotros mismos"
(Khalil Gibran)


miércoles, 5 de agosto de 2015

A la fresquita.

A la fresquita, así decidí que iba a ser aquella tarde mi caminata a orillas del mar.
19:45 fue la hora elegida para comenzarla y el sol aún calentaba el paseo.
Con la predisposición de descalzar mis pies y desnudar mi alma, dejándome llevar. Porque cada vez que paseo a su vera, siempre consigue sorprenderme.
La arena estaba húmeda, firme pero cediendo.

El mar se mimetizaba con los pocos niños que aún jugaban cerca suya.
Por eso las olas murmuraban, en su ir y venir,  risas y complicidad. Como cortinas de emociones .
Frescura.
Despreocupación.
Sencillez.
Ausencia de problemas.
Me trae muchos recuerdos, que aunque lejanos, los siento presentes.


Pronto se quedó desierta y sus aguas templadas.
El mar pareciera querer dormitar tras un día de mucha intensidad. De darlo todo a cada segundo, de sentirse más pletórico que de costumbre.
Suave.
Despacio.
Ven.
Voy.
Su relajante sonido mezclado con ese suave e inconfundible olor a mar.
A vida.
Sonidos y olores que me transportan y llenan de energía.
Paz.
Hogar.
Luz.
Eje.
Anclaje perfecto.


Y así, a la fresquita, llegó la hora azul.
Uno de los momentos más especiales del día, dulces tonos que se mezclan con la brisa marina.
El cielo hace de espejo y el sol también quiere dormitar. Las nubes se cortan y unen, en una especie de juego.
Transparente.
Profundo.
Respiro hondo y miro al frente.
Mis pies se anclan en la arena, y así se van hundiendo a la fresquita.
Siento cómo la humedad del mar me hace cosquillas.
Pequeñas olas que arrullan en la orilla.
Acompañan.
Espuma.
Suave.
Calma.
Tranquilidad.
Sosiego.
Nuevamente Paz.
Esos instantes de magia me los quedo para mi, para atesorarlos en momentos en que los necesite.
Y ¡cómo no!! para airearlos en cada uno de mis sueños.

Abrigo de Luz.

"Que la luz alumbre tu camino.  Que las estrellas guíen tu búsqueda. Que la dulce lluvia acaricie tu corazón.  Que la suave...